viernes, 29 de abril de 2016

- El acto de filosofar para los no filósofos.

La embriología nos muestra y nos ofrece el punto exacto desde el cual debe partir la reflexión filosófica en este tema.

La constitución instantánea del cigoto, pone de manifiesto un plan o, mejor aún, una organización (dispositiva) de la materia viva; en el lenguaje tradicional de la Escuela, se trata de la constitución instantánea de la materia (segunda) de la cual (ex qua) apta para ser (y lo es en ese instante) éste embrión humano. Simultáneamente, la determinación actual, en el instante, del cigoto como tal, no tendría actualidad sin el principio determinante que le hace ser este embrión y no otro; este principio intrínseco determinante le confiere o da el ser este embrión (forma dat esse). Por eso, según la metafísica realista, la constitución dispositiva de la materia (instante de penetración del espermatozoide en el óvulo y unión de ambos en una sola célula) coincide con la animación que hace que sea este embrión uno, singular, ontológicamente idéntico, irrepetible. De modo que fecundación, animación, hominización, no solo coinciden y están en la misma línea sino que se identifican en el instante. Esto no significa que el alma humana exista antes de la fecundación o después de ella, sino que es simultánea en el instante (presente) de constitución del cigoto. La embriología moderna ha venido en auxilio de la metafísica la cual, ahora, dispone de la información suficiente para afirmar la identidad, tanto temporal como ontológica, de fecundación instantánea y animación de este todo-uno que es el hombre. Ni la materia segunda ni la forma son pensables como existiendo antes o después: simultáneamente se unen en el instante inicial.
Gracias a la embriología moderna sabemos que el cigoto, resultado del acto de fecundación, trae su intransferible programa genético; que es un todo-uno singular, constitutivamente distinto de la madre y autónomo en su orden. No es, en relación con la madre, como un miembro o un órgano que es parte integral del todo biológico materno; en ese sentido, el embrión “anida” en su útero y ella lo “tiene” y lo “lleva” consigo; le alimenta y abriga mientras se desarrolla, pero el embrión no es parte integral suyo. Por el contrario, esta verdadera maravilla de organización que es el embrión, tiene un acto de existir que le es propio; en realidad, es lo más íntimo suyo hasta el punto que se podría decir que éste su mismo acto de existir es más íntimo que su misma intimidad. El embrión, pues, tiene o participa de un acto de ser que le es intransferiblemente propio.
Como se ve, la reflexión metafísica supone el aporte de la ciencia empírica; en ese sentido, acepta y utiliza los datos que han pasado por el tamiz de la verificación legítima e intenta solucionar por medio de la deducción científica legítima los problemas últimos que trascienden la verificación sensible; reitero, pues, que estos problemas son considerados con método rigurosamente científico que es la deducción metafísica. Naturalmente, un empirismo reduccionista, una “argumentación” que supone un análisis (previamente declarado antimetafísico) del lenguaje, o un relativismo desconstruccionista, o esa suerte de no-pensamiento que es el “pensamiento” de desfundamentalista, han renunciado desde el comienzo a solucionar el problema de la unidad y estatuto del embrión humano; en el fondo, estas corrientes sofísticas (que no filosóficas) de hoy, están en pugna con los meros datos de la ciencia empírica, de la embriología y hasta de la simple y sencilla observación común.

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